Después de los últimos acontecimientos, creo que tengo todas las de ganar para convertirme en la exhibicionista más buscada de las autopistas de este país. Todo comenzó el pasado sábado, cuando en nuestro deseo de conocer mundo cogimos el coche para descender al sur. Al sur de Francia y al Norte de España. Esto es, al país vasco en general. Un lugar muy bonito por cierto, sobre todo para hincharse a comer, no puedo negar que me quedé loca con los pinchos de San Sebastián, eso sí, lo del módico precio es algo que no entra entre sus virtudes. En nuestra degustación gastronómica (porque ciertamente, en todo el viaje no hicimos más que comer), visitamos Biarritz, Bayonne, Ainoa, Saint-Pée, Sare, Saint Jean de Luz, San Sebastián y Fuenterrabia. No creo que haga falta un notario para firmar que vinimos con cuatro kilos de más. Tampoco hace falta que nadie jure por escrito que tengo tendencias exhibicionistas, porque ya se encargan de promulgarlo las otras dos niñas que iban en el coche.
El caso es que volviendo el lunes de Pascua a Burdeos, paramos en un area de servicio para hacer nuestras necesidades, porque ciertamente después de todo lo que había bebido mi vejiga no daba más de si. Fue nuestra intención de orinar en el baño, como hacen las niñas de familia bien. Pero estos baños a la turca estaban atascados, y la mierda salía del agujero (hay que ser claro con lo asqueroso que era para poder entender nuestra postura), es por ello que decidimos perdernos en la naturaleza para hacer nuestras necesidades como lo hacen los animales que viven en libertad.
En libertad me vi orinando en cuclillas, bien escondidita (o lo mejor que podía claro esta) entre la maleza por eso del pudor, cuando empiezo a notar algo húmedo en mi pie. Fue en este momento en el que yo mire hacia abajo y me dije “pero no, yo estoy orinando bien (bueno en realidad me dije meando, pero es para ponerlo fino, o al menos lo más que pueda), si no es con mi pipí, ¿con qué me estoy mojando?”. En mal momento se me ocurrió a mi levantar el pantalón para comprobarlo, cuando vi, paseándose con toda su alegría, una culebra de unos veinte centímetros que subía por mi pie (y no eran tenis, era mi pie, mi pie de verdad, en carne y hueso). Pueden imaginarse que yo, a pesar de no ser una chica de acción, reaccioné de la manera más previsible que podía existir. A la par que gritaba, di un salto y salí corriendo, cosa que, a pesar de permanecer entre la maleza, supuso las miradas de toda el área de servicio hacia mi trasero, que estaba descubierto. Subiendome los pantalones y volviendo con toda la dignidad que me quedaba (osea ninguna, para que nos vamos a engañar, después de eso dignidad, lo que se dice dignidad, no me quedaba) volví al coche, acordándome como hace dos años ya oriné en una autovía francesa en un lugar que a mi me parecía escondido, pero tras pasar varias veces por la misma autovía descubrí que el sitio era bastante descubierto (no te veían las personas del área de servicio, pero todos los coches que pasaban por la carretera tenían una visión perfecta).
Probablemente ya haya en todo el país carteles de “se busca” con mi trasero en la foto y un subtítulo diciendo “exhibicionista pirada se pasea con el culo al aire por las carreteras de Francia, no es peligrosa, pero si la ven, llamen a la policía, debe seguir tratamiento psiquiátrico”.Yo, sin embargo, por el momento solo me preocupo de que mi ordenador haya decidido apagarse por iniciativa propia 5 veces, y eso que el troyano ya lo eliminé. Se ve que yo y los sucesos paranormales no nos podemos separar.