La dictatura del tiempo
Yo odio que me quiten horas. Se que hace ya cinco días que se supone que han cambiado la hora, y es cierto que ya estoy acostumbrada, pero eso no impide que me queje de la tiranía del tiempo. Y es que solo cuando me cambian la hora me doy realmente cuenta de lo horrible que es vivir así, sujeta a un reloj. Así, el domingo tuve que fingir que tenía hambre a las dos, cuando en realidad no tenía, porque ya era muy tarde (para Francia) y como no me acostumbrara el día siguiente no iba a poder comer (los lunes tengo que comer antes de la una). No saben la rabia que me dio levantarme a las 5,30 de mi reloj interno el lunes (ya de por sí levantarse a las 6,30 tiene su guasa, no se si muchos estáis en el caso pero vaya me parece una vergüenza, y más para una estudiante) y tampoco puedo soportar acostarme a las nuevas doce. Evidentemente a mi estos problemas no se me presentan en verano, porque tengo la costumbre de olvidarme de los relojes, pero el resto del año, debido a las numerosas actividades a las que me enfrento cada día (hay otros que las hacen, yo me enfrento a ellas, que cada día es una aventura), no tengo más remedio que mirar ese maldito reloj más de veinte veces al día.¿A quién se le ocurrió dividir el mundo en años, meses, días, y sobre todo, horas, minutos y segundos? Díganmelo que pienso ir a su tumba para presentarle mis más sinceros insultos. Y es que el tiempo es lo que nos ata al trabajo, lo que nos recuerda que envejecemos, lo que coarta nuestra libertad. Nadie prescinde de un reloj, sin embargo. Un reloj que se ha hecho necesario en nuestra vida, que amenaza nuestro ocio para recordarte el poco tiempo que te queda, lo mucho que has vivido. Así vivimos atados, encadenados a la realidad, esperando que sea la hora tal, el día cual o no se qué mes. Vivimos esperando a que llegue tal momento, cuando no tenemos tiempo para vivir el presente. Y la división de nuestra vida de manera sistemática se presenta como una forma de hacernos ver que no somos más que un producto de la sociedad, cuyas normas hay que respetar, cuyos horarios hay que seguir, hay que sufrir.
Esclava del tiempo, me dispongo a seguir los horarios establecidos, las rutinas prefijadas. Mi vida seguirá dividida, para recordarme que hay un antes y un después en todo. Para recordarme cuando se terminan las cosas, cuando empiezan otras, y a que ritmo debo de hacerla. Ojala pudiera fundir todos los relojes del mundo…hacerlos desaparecer, para pasar las horas mirando al infinito.


