Mejor imposible...
¿Qué dificultad tiene cocer unos spaghetti? A priori ninguna, pones el agua a cocer, cuando se calienta pones los spaghetti y esperas tranquilamente a que se cuezan, ¿no es así?
Si, algo que parece tan evidente y tan sencillo para mí supone toda una Odisea. Probablemente no habrá persona en el mundo que sienta mayor adversidad hacia ese reducido espacio de la casa denominado cocina. No creo que haya nadie con menos interés que yo en este mundo en cocinar. Es más, creo que es algo que va inscrito en mis genes, no lo he adquirido con el tiempo sino que es intrínseco a mí.
Por si fuera poco esa repulsión, hoy es uno de esos días en los que piensas cuando te estás levantando que mejor no hacerlo y esperar a que venga el siguiente, pero, ingenua de ti, te levantas pensando que eso es exclusivamente porque estas cansada. Así que me he levantado como estúpida, y no recuerdo otro día que haya sido más absurdo que este.
Misteriosamente, hoy es el primer día en muchos meses que decido ducharme por la mañana, porque ayer me daba pereza. Así que, con los ojos medioabiertos, me arrastro hacía el baño para encontrarme una enorme araña que se paseaba como Pedro por su casa por mi bañera. En ese momento me he repetido, “hoy no es tu día, Irene”, pero Irene, erre que erre, ha seguido despierta, y se ha batido en duelo con una araña que no sabía la que le esperaba, sino se hubiera ido ella solita por el desagüe.
Habiendo ganado la batalla, me he dispuesto a vestirme, pero se me han roto las medias y he tenido que buscar otras. Entre mi aventura con la araña y mi indecisión a la hora de vestirme he llegado 20 minutos tarde a clase, con lo que me he dicho a mi misma “Irene, entrar en clase como que no, porque este profe pensará que la reconquista de Granada se hizo en 1592 (si, como lo oyen), pero eso no quiere decir que sea tan imbécil para no darse cuenta de que llegas tarde”. Así que, en este debate conmigo misma, he seguido con las buenas ideas, y he decidido ir a
Con cuatro libros y una agenda (esta última de regalo…algo decente tenía que tener el día) me he vuelto a casa y me he dado cuenta de que hacía frio. Durante dos horas no he reflexionado sobre el día pero, llegada la hora de comer, he tenido un rato que podríamos llamarlo como entretenido.
No es que yo tenga ganas alguna vez de hacer de comer, ya he explicado antes que detesto cocinar, pero hoy era uno de esos días en los que uno prefiere morir de hambre que dejar el libro que esta leyendo para irse a cocinar. Tristemente, mi estómago no pensaba igual que yo, y al tomar la decisión (que yo personalmente no se la he comunicado, pero creo que como tanto mi cerebro como mi estómago están dentro de mi cuerpo ellos mismos se lo cuentan, algo que me ahorra un gran trabajo) se ha puesto a quejarse como un energúmeno con unos sonidos horribilisisisimos. No me gusta maltratarme a mi misma, y me he dicho a mi misma “Irene, cocínate unos spaghetti con atún y tomate, fácil y sencillo”. Creo que nunca he estado tan equivocada en mi vida: lo que Arguiñano lo hace en un plis, a mi me ha costado la vida.
Una vez calentita el agua he puesto los spaghetti, y me he puesto a leer tan agustito. Pero de repente, un humo y un mal olor han llegado a mi habitación. Muy a mi pesar, porque el libro esta muy interesante, he ido a ver que querían mis spaghetti. Para mi sorpresa, los he encontrado ardiendo. Yo, niña Vitro desde siempre, no sabía que los spaghetti pudieran arder en contacto con el fuego. Ha sido en ese momento en el que mi mente se ha puesto verdaderamente a reflexionar y varias ideas se me han venido ala mente, para empezar me he repetido, para darme cuenta de que tenía razón y chincharme un poco “¿Ves como tenía razón? No tenía que haberme levantado”. Y después de dar un par de soplos a los spaghetti con una calma infinita me he dicho “Ya está, no tiene remedio, hoy la casa arde, gracias a dios (y a la inmobiliaria que me obligó) que estoy asegurada contra incendios”. Sin embargo, llena de coraje (teniendo en cuenta el miedo que me da el fuego), haciendo acopio de fuerzas y, todo sea dicho, con una pachorra de agarrate y no te menees, he decidido retirar los spaghetti ardiendo del fuego, y apagar este último, vaya a ser que terminara ardiendo otra cosa. En ese momento, sin otra idea mejor, he soplado hasta que se ha apagado, y me he sentado a ver volar el humo.
No se crean que ahí se ha acabado todo, porque mi estómago no ha desistido y seguía queriendo comer, pero yo me he dado cuenta que, lo mejor para que no se incendiara, sería echar macarrones, que al fin y al cabo, no se salen de la cacerola.
Y no, no se han salido, pero mientras leía también se ha salido el agua, y me ha puesto los fogones (parezco una Maruja de su casa) hechos un asco. Mea culpa de haber abandonado otra vez la cocina para ir a centrarme en mi lectura. Con más pena que gloria, he terminado por comerme los macarrones, eso sí, después de que se me hubieran caído una parte de los macarrones al suelo y el atún al fuego.
Después de todo esto, y sin fregar, he tenido la idea más brillante de todo el día “Ahora escribes esto en el blog, y luego te vas a dormir hasta que se te pase el gafe”.
Y me he hecho caso, porque a veces, uno tiene que escucharse a sí mismo.


